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El Titular Semanal

Esmeralda estaba estúpidamente enamorada, como el amor suele dejar a uno. 

Deseando otro beso, esperando otra caricia.

Solo con pensar que ya mismo llegaría la hora de su matrimonio, hacía que su estómago se llenara de mariposas preocupadas, locas por salir de su boca. Todavía recuerda el día que conoció a Ángel, hace aproximadamente un mes atrás, cuando la vio salir de su trabajo, un club exótico cerca de su casa. Le dijo que se veía bella, y le ofreció una rosa.

Aceptó salir con él.

Y cada halago que decía llegaba al corazón de Esmeralda. Cada regalo que le daba hacía que cualquier preocupación se desvaneciera. Después de años estando a la merced de hombres hambrientos, feroces y bruscos, solo en dentro de tres días encontraría al fin el final feliz de su película. 

Ahora, se iba a casar con el amor de su vida, asegurando ese futuro sano, con alguien que la amaba. No importaba la falta de satisfacción de su parte cuando tenían relaciones sexuales, o que cada vez que la besaba, su aliento tenía el dulce aroma de tres botellas de vino, o que cuando veía películas románticas, el hombre nunca agarraba a su mujer con la misma fuerza que Ángel la agarraba a ella.  

Nada de eso importa -pensó - mientras se encaminaba hacia el altar. Y felizmente aceptó el contrato que uniría su alma con la de Ángel por el resto de su vida, al menos hasta que la muerte los separara. 

Y eso hizo. 

Ambos vivieron felices para siempre. 

O al menos, eso contó Ángel antes de que se lo llevaran preso cinco meses después del matrimonio. Cuando Esmeralda fue encontrada con huellas que le rodeaban el cuello y moretones que cubrían sus brazos.  

 
 
 

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